La Beriso: la nueva esperanza del rock callejero

Acariciado por las luces blancas, verdes y rojas que cortan la humareda, frente a las banderas y a los aplausos que seguían el ritmo de “Canción para mamá y papá”, Rolando Sartorio se lanza hacia las primeras estrofas. Es domingo, 24 de noviembre de 2013, y, sentado en una silla, “Rolo” parece demasiado pequeño en el escenario del Luna Park, adonde la banda ha llegado para consagrarse como nuevo crédito de la desolada escena del rock barrial. Y esa canción -del disco Culpable, de 2009- es uno de los temas más representativos de La Beriso. Se trata de una pieza melódica con guitarras acústicas, percusión suave, voces cadenciosas y una estructura sencilla, de dos estrofas: una habla de mamá, la otra de papá. Rolo se quiebra en la primera. Deja caer su mano derecha sobre la guitarra; sacude el aire con la izquierda. Ya no canta, y mientras la banda sigue tocando y el público completa la letra, Rolo se larga a llorar.




“No podía respirar”, dice ahora, en su casa, un amplio departamento en el centro del barrio de Avellaneda. Llegó aquí hace poco más de un año con su mujer, su hijo y su hija: el sitio todavía luce nuevo y ordenado, y en el home theater Rolo se ve a sí mismo llorando. Corre Vivo por la gloria, el DVD de su banda en el Luna Park. “Me dejé llevar por lo que sentía. Y lloré porque perdí dos hermanas y por el dolor de mis viejos.”

La profunda tragedia personal del líder de La Beriso está protagonizada por ellas, Mariana y Marcela. Mariana murió hace diez años, en noviembre de 2004: tenía 35, era licenciada en marketing y empleada en una compañía de celulares. Marcela trabajaba con el padre de Rolo en una oficina en el puerto y tenía 42 cuando falleció, en enero de 2007. En poco más de dos años, el cáncer se llevó a las dos. “Le quise encontrar una explicación a todo esto y casi se me dio vuelta el coco”, sigue Rolo. “Llegué a hacer cosas sin sentido. Después te vas acostumbrando al dolor, se te va calmando.”

Cuando Rolo Sartorio empezaba la escuela primaria, sus hermanas Marcela y Mariana fueron quienes lo iniciaron en la música. “Tenían discos de Los Twist, Charly García, Virus y Soda Stereo”, recuerda. “En mi casa siempre había música. Mi vieja escuchaba a Valeria Lynch; mi viejo, tango.” Los protagonistas de “Canción para mamá y papá” eran humildes: Fernando, que hoy tiene 73 años, se había criado en un barrio de Dock Sud construido bajo las directivas de Eva Perón. Alicia, también de 73, venía de una casa de chapa y madera en el pasaje Magallanes, de Avellaneda.




El 27 de diciembre de 1988, Rolo, que entonces tenía 15 años, cruzó el Puente Pueyrredón junto a sus amigos y entró a la ciudad de Buenos Aires. La avenida 9 de Julio parecía un mar de cabezas: 150 mil personas querían ver a Soda Stereo, La Torre, Luis Alberto Spinetta, Fito Páez y los Ratones Paranoicos en el festival Tres Días por la Democracia. Rolo los vio a todos, pero cuando subieron los Ratones, con el frenético Juanse liderando, ocurrió por fin algo diferente. Algo que pudo haber sido una epifanía de música y actitud. “Estaba tan cebado que al día siguiente me compré Los chicos quieren rock”, dice Rolo. “Ceremonia” y “Enlace” nunca pasaron de moda en su estéreo. “Los Ratones fueron la música de mi vida.” Ellos y Andrés Calamaro. Pero más ellos, dice.

Un año después, la familia Sartorio dejó aquella casa de chapa y madera donde Rolo había pasado sus primeros años (una casa que entonces debía ser ocupada por un tío en apuros y su familia) y Rolo fundó un grupo que desde su nombre rindió homenaje a la banda de Juanse: se llamaba Sedan 1, como una canción del álbum Ratones Paranoicos. “Era una típica banda de rock que hablaba de cosas de pibitos: queríamos decir algo, pero no teníamos la capacidad”, sigue. “No quiero verte nunca más” y “Mal viaje” eran sus hits: rocanroles de guitarras con espíritu cancionero y líneas de bajo veloces en manos de Juan Garbarini, un fanático de Ramones traído de Valentín Alsina que respondía al apodo de “Coco” y que un tiempo después, en 1992, perdió la vida electrocutándose en un ensayo en el que sólo lo acompañaba el baterista.

Con la tragedia adolescente, Sedan 1 se disolvió.

Mientras se daba el pequeño auge y luego la gran caída de su pequeña banda, Rolo se decidía a dejar la escuela en segundo año (“Lo repetí cuatro veces porque era bardero y me gustaba la joda”) para dedicarse al fútbol. Era un 9 peligroso de rizos colorados al viento, que se había formado en el papi fútbol de los clubes Sarmiento, de Avellaneda, y Bouchard, de Lanús, y que había llegado a las categorías inferiores de Independiente luego de un partido de prueba contra Lamadrid en el que había metido los dos goles de su equipo, que ganó 2-1. “Jugué un tiempo, tuve de compañeros en las inferiores a Gustavo López, Pupi Zanetti y Sebastián Rambert, pero me fui porque me cansó el manoseo de los amigotes de los técnicos, que se acercaban para que sus hijos jugaran de titulares”, dice. “Ahí he visto muchos buenos jugadores que nunca llegaron a nada. Y yo soy uno de esos, sí. creo que sí.”

Pero nunca se arrepintió. Después vinieron la venta de ropa en la calle, el suministro de cerveza mexicana a los boliches del Conurbano sur, el remís Fiat Regatta, el trabajo de oficina y el flete F100 con el que, hasta hace dos años, todavía hacía repartos de papas fritas y papel higiénico. “No era fácil: yo me peleaba con todos porque no me gustaba que me hicieran esperar.”




Y vino La Beriso, la banda que Rolo formó en 1998, quizás en el mejor momento de la escena del rock barrial, cuando decidió que quería volver a tocar. El grupo vio pasar, antes de alcanzar su alineación definitiva en 2003, a 29 músicos: muchos de ellos llegaban leyendo un aviso en la revista Segundamano que decía “Busco guitarrista para banda de rock”. Un par de años después de empezar con las pruebas, Rolo se quedó con Emiliano Mansilla (en la guitarra), Pablo Ferradas (en la otra guitarra), Ezequiel Bolli (el bajista) y Javier Pandolfi (el baterista). “Yo buscaba compromiso con la banda: siempre había querido ser músico y necesitaba gente igual”, explica. Con esos compañeros, Rolo desarrolló un sonido melódico y compacto, y subió la voz hasta encontrar lo que consideró matices y gamas inexploradas para él. Con esos compañeros, se convirtió en cantante. Y si el frontman de Sedan 1 tenía pelo largo e iba de negro, como el primer Juanse, el de La Beriso maduró.

Ahora Sartorio usa pantalones de cuero, remeras y gorras oscuras con las que cubre una calvicie heredada del abuelo materno, que arrasó en un par de años con los rizos colorados que enmarcaban su cara, y contra la que se resignó casi sin batalla: “Ni siquiera probé los remedios contra la caída del pelo, porque me parece que son todas pelotudeces. Es un bajón”. Con esos compañeros -que, de casualidad o no, son amantes del heavy metal-, Rolo cree también haber encontrado la fórmula mágica que conjuga su amor por la canción calamaresca con solos técnicos y estribillos potentes. “Después de mi familia, La Beriso es todo lo que tengo”, dice. “Ahora la banda está en el nivel más alto desde que se inició este proyecto.”

Ahora es 1 de marzo de 2014 y Rolo está en uno de los 37 camarines de Cosquín Rock: un trailer aséptico iluminado con luz de tubo, cerca de donde están La 25, El Bordo y Los Gardelitos. Acaba de dar un set que él cataloga como “punk”, con diez temas en 40 minutos entre los que “Venenosa” fue el más aclamado. En los campos del aeródromo de Santa María de Punilla -sede del encuentro-, la banda convoca en su debut a alrededor de 12 mil personas. Si el show del Luna Park probó que La Beriso era capaz de llegar a un hito de masividad incuestionable, éste es algo así como una presentación en sociedad para los no iniciados. Rolo está convencido de que el éxito no es casual: el grupo repartió flyers apenas dos veces en más de quince años de historia y se cansaron de ver cómo los afiches que pegaban de noche en la calle eran retirados a la madrugada por los profesionales de la pegatina política. Pero siempre mantuvo el sacrificio de ensayar mucho y la responsabilidad de elegir buenos lugares para tocar. En los camarines hay encuentros: Rolo se cruza con Los Gardelitos y con El Bordo, y ve los shows de Cielo Razzo y Ojos Locos.




“Vi el show de La Beriso y tocaron muy bien”, dice Pablo Pino, cantante de Cielo Razzo. “Es una banda que la viene peleando desde hace tiempo y representa muy bien a la monada actual: tienen buena comunicación con el público, es bien convocante. Ahora la escucho en boca de los pibes mucho. Es una banda que tiene un buen futuro. El crecimiento de ellos viene de la mano de muchas cuestiones, pero hay algo de época y de espacios que la gente necesita, lugares que estaban vacantes. Su poesía es como era la de Callejeros, ese espacio está ahí y ellos son los representantes del momento.”

En algún momento, Rolo dice: “Creo que Pato es uno de los mejores compositores de esta época”, en referencia al líder de Callejeros, Patricio Fontanet. “Por eso grabé «Creo» con Ale [Kurz] de El Bordo, Eli [Suárez] de Los Gardelitos y otros, cuando me llamaron los chicos de No Nos Cuenten Cromañón.” Pato y Rolo comparten algo en las inflexiones de la voz, y al de Avellaneda frecuentemente se lo somete a esa comparación (Rolo busca escapar pidiéndole a su grupo que calibre los instrumentos un par de notas más abajo). Sartorio fue a ver a Callejeros y a Casi Justicia Social tres veces, y se cruzó brevemente con Fontanet en los camarines de La Reina, en Flores, en un encuentro propiciado por Eli Suárez y frente a los músicos de Ojos Locos y El Bordo. Luego, en septiembre del año pasado, fue junto a un grupo de amigos al penal de Ezeiza, adonde visitó a los demás Callejeros. “Estuve siete horas y ya no aguantaba más. Para pasar a cualquier lugar tiene que haber un guardia, y aparte había cada nene. Me parece que no se merecen estar ahí.”

Le tomo un rato a rolo, no demasiado, componer su última canción. La hizo sentado en su sillón en L del living, en una noche larga que terminó cuando empezó a amanecer. No era raro: en Atrapando sueños, el último disco de La Beriso, la palabra “noche” aparece en ocho de los doce temas. A esas horas, según Rolo, la inspiración aparece y la música toma cuerpo. A esas horas, dice, se convierte en su mejor versión.

Por ahora el tema tiene apenas un título de trabajo, “Ella”, y es un rocanrol que habla de una chica que se va de la casa escapando de los golpes de su padrastro. Sin pensar demasiado de dónde salía esa letra o qué significaba, Rolo la tarareaba en la madrugada, buscando los acordes en la guitarra y escribiendo con un bolígrafo barato en uno de esos cuadernos que en algún momento terminan en el tacho de basura.

Al día siguiente encontró en la guitarra los acordes exactos: la canción era veloz; tenía algo salvaje que le hacía acordar a Riff. La llevó a la sala de ensayo y gustó. Para no perderla, la grabaron en una computadora antes de tomarla entre todos para desarmarla y volverla a armar, poniendo cada uno su parte, afinando el tempo y la repetición de los estribillos, haciendo del boceto íntimo de la madrugada un tema listo para ser coreado por miles en un estadio.




Ayer fue diferente. Rolo se quedó despierto hasta las seis de la mañana. Buscó música, pero no hubo demasiada inspiración. Las horas pasaron en vano y en el silencio de la madrugada, Avellaneda no dio nada. “Me fui a dormir a las seis”, dice, “y a las nueve y pico sentí la voz de mi hermana, de la más grande, Marcela. Y me desperté. Cuando falleció Mariana, yo no podía entender cómo era que iba a dejar de escuchar su voz. De hecho, la llamaba al celular para escucharla en el contestador”. Sacude la cabeza. “Ayer, cuando escuché a Marcela, le hablé. «¿Todo bien?», le dije. Me escuché decírselo.”

Por Javier Sinay
Este articulo aparecio originalmente en http://www.rollingstone.com.ar/1690545-la-beriso-la-nueva-esperanza-del-rock-callejero